EL TAMBOR DE LOS HAMBRIENTOS

 

EL TAMBOR DE LOS HAMBRIENTOS


En las nieves desoladas de los Himalayas, donde las cumbres se alzan como titanes sin carne y el viento arrastra gemidos que no son de este mundo, Tenzin, un monje errante de ojos febriles y alma corroída por anhelos prohibidos, buscaba el arcano del tchöd.


Había recorrido los claustros de Lhasa, memorizado los sutras que prometían disolver el ego en la vacuidad, pero su espíritu, inquieto como un buitre que olfatea la muerte en el jhator, se retorcía en pos de los secretos de un ignoto grupo separado del Bön, una tradición primigenia que los lamas maldecían en susurros, temerosos de nombrar lo que acechaba en los abismos de la memoria.


Quienes evitaban el Paso de Khar en las heladas alturas, bajo un risco coronado por un círculo de piedras negras afiladas como dientes de una bestia, murmuraban entre dientes que el tchöd que allí se practicaba no era un rito, sino un umbral, una grieta en la superficie aparentemente apacible del mundo a través de la que los hambrientos reclamaban su tributo de maneras horriblemente literales.


Tenzin llegó al ocaso, cuando el cielo se desgarraba en muchas lungta color sangre y ceniza, y las sombras ahuyentaban con prisa la luz moribunda. Portaba el damaru, un tambor forjado con osamentas humanas, cuya superficie amarillenta y pulida por siglos de manos impías parecía latir con un pulso ajeno, como si los huesos recordaran su vida pasada. En su otra mano, agitó una campana de bronce ennegrecida por el tiempo y las manos de innumerables poseedores y un alma atrapada en el metal emitió un lamento en forma de tañido. Se sentó en el corazón del círculo, percibiendo que la tierra misma era un tambor de piel muerta que aguardaba ser golpeado, y encendió una lámpara de mantequilla de yak, cuyo fulgor trémulo apenas intentaba rechazar la oscuridad proyectando sombras que danzaban con voluntad propia, tal vez urdiendo junto con la montaña la trampa que lo devoraría.


El tchöd, según susurraban los lamas, era un sacrificio místico: la carne, la sangre, los huesos del cuerpo mortal han de ofrendarse figurativamente a los dakini feroces, a los yidam guardianes, a los espíritus errantes que vagaban en el samsara, hambrientos de forma. Era un acto de valentía, una ruptura en el velo del yo que conduce a la liberación y la compasión. Pero en confianza, los ancianos de las aldeas, con rostros surcados por el miedo, murmuraban sobre fugitivos del Bön negro que pervirtieron el rito, un culto quizá olvidado que no buscaba la liberación, sino la sumisión. Se decía que en el paso de Khar... allí las ofrendas no eran simbólicas. Los espíritus, antiguos como las rocas, voraces como el vacío, tomaban lo que se les daba, y lo que tomaban, lo retenían para siempre.


Tenzin desplegó un paño carmesí, raído como la piel de un cadáver, y colocó la lámpara en su centro, donde la llama titilaba como un ojo inquieto que parpadeaba en la penumbra. Golpeó el damaru, y su ritmo seco, como el crujir de un esqueleto desarticulado, reverberó en el desfiladero, despertando ecos que no eran suyos. El ghanta respondió con un tañido grave, un lamento que parecía brotar de lo profundo, un sonido que no invitaba, sino que exigía. Entonó los mantras con una voz que temblaba, no de miedo, sino de un fervor prohibido, invocando a los guardianes celestiales, a los demonios de las sombras, a los hambrientos que acechaban en los pliegues del mundo. «Tomad mi carne, desgarrad mis tendones, bebed mi sangre, quebrad mis huesos, devorad mi alma», cantó, visualizando su cuerpo deshecho en un banquete macabro, ofrecido a las entidades que habitaban el silencio.


Mas el silencio no respondió. El aire se tornó denso, viscoso, como si el mundo contuviera un aliento envenenado. El viento, que antes aullaba con furia de lobo, se apagó, dejando un vacío que oprimía los pulmones. Tenzin sintió un frío que no era de montaña, sino que venía de un lugar insondable y abismal, un frío que trepaba por su columna como una serpiente de hielo, susurrando en su mente palabras que no comprendía. Su corazón latía desbocado, convertido en un tambor que rivalizaba a golpes con el damaru; pero el ritmo del tambor de pronto se volvió extraño, como si otra mano, invisible y huesuda, lo golpeara lenta y rítmicamente con una voluntad propia. La campana, inmóvil en su regazo, vibró sola, emitiendo un gemido metálico que resonó en el desfiladero, como si las puntiagudas rocas se sumaran a un réquiem.


Entonces, las vio. Surgieron del círculo. No eran figuras, sino ausencias, vacíos en la trama del mundo que luchaban por devorar la luz de la lámpara. No tenían contornos definidos, pero palpitaban con una energía maligna, y en su centro, ojos de fuego ardían con inteligencia no humana, una más antigua, más cruel, nacida en los días en los que los dioses se dejaban ver con garras y colmillos. Susurraban una lengua que no era de este mundo, un idioma de gargantas rotas, de tumbas profanadas, de sangre derramada en altares abandonados bajo cielos sin estrellas.


Tenzin, adiestrado para no temer, intentó aferrarse a los mantras, pero las palabras se deshacían en su boca, convertidas en ceniza amarga. Su mente, entrenada en la vacuidad, se llenó de un horror que no podía nombrar, un horror que no era miedo, sino certeza: lo que había invocado no era un dakini, ni un yidam, sino algo que había estado esperando, desde siempre, en el paso de Khar.


«Es solo el tchöd», se dijo, con una voz que ya no reconocía como suya. Pero las sombras no eran visiones. Se acercaron, y con ellas vino desde muy lejos un hedor a podredumbre, a tierra removida, a carne quemada en fuego que no calienta. La más densa, con ojos que eran llamas, extendió un brazo informe, y Tenzin sintió un desgarro en su alma, como si le arrancaran un pedazo de su ser. Sus muñecas ardieron, y al mirarlas, vio cortes profundos, abiertos sin cuchillo, de los que manaba sangre negra que era succionada por la piedra, palpitante como un corazón de obsidiana. El dolor era real, un cuchillo que cortaba más allá de la carne, hasta el tuétano de su existencia.


Los monjes no mentían. Allá en el helado paso de Khar, el tchöd no era un rito de trascendencia, sino un terrible pacto sellado con sangre y hueso. Los hambrientos no buscaban liberación, sino sustento, y Tenzin, en su arrogancia, había abierto una puerta que no podía cerrar. Intentó detener el damaru, arrojar la campana, romper el círculo, pero sus manos, poseídas por una voluntad ajena, seguían golpeando el tambor, atrapadas en un ritmo que resonaba con el pulso de la montaña y el suyo propio, ascendiendo en una macabra espiral de latidos. Las sombras lo rodearon, sus susurros ahora eran un coro de voces que pronunciaban su nombre, no Tenzin, no, sino otro, su nombre más antiguo, el nombre que tuvo cuando su sombra residía en las profundidades del abismo antes de nacer, el que siempre había pertenecido a aquel lugar, a aquella ofrenda.


En un instante de lucidez, recordó las advertencias de su maestro, un anciano de ojos hundidos que había visto demasiado: «El tchöd abre puertas, pero el Bön Oscuro puede impedir que se cierren. Cuida lo que invocas, pues no todo lo que responde es benevolente. Hay cosas que esperan, desde el principio de los tiempos, en los lugares donde la tierra sangra».


Desesperado, Tenzin arrojó el damaru de sus manos, ignorando el dolor que le laceraba los dedos, y lo proyectó hacia el centro del círculo. Pero el tambor no cayó. Flotó, girando en el aire, y de su interior brotó un humo negro, denso como brea, que se alzó y tomó forma. Era una figura, no una mujer, sino algo que había usurpado su forma: sin rostro, envuelta en harapos de piel humana que se retorcían como serpientes vivas, con un collar de calaveras que reían con voces que no eran humanas, sino infantiles, quebradas, atrapadas en un lamento eterno. En sus manos, el kapala goteaba un líquido oscuro que olía a sangre olvidada y a tiempo detenido.


—Has ofrecido, y nosotros tomamos —dijo una voz que no venía de la figura, sino de las piedras, del viento, de árboles podridos, de pastores sepultados por aludes, de las entrañas de la montaña. Era un eco que perforaba su cráneo, un lamento que hacía vibrar sus huesos hasta el punto de ruptura. —Tu carne es nuestra, tu sangre es nuestra, tu alma es nuestra, desde siempre.


Tenzin gritó, pero su voz fue devorada por el silencio, un silencio que no era ausencia de sonido, sino presencia de algo más vasto, mucho más hambriento. Su cuerpo comenzó a deshacerse, no en su mente, como dictaba el tchöd, sino en la realidad. Sus dedos se desmoronaron en polvo, sus piernas se convirtieron en ceniza que el viento no dispersaba. Su pecho se abrió como una flor putrefacta, y de él brotó un líquido negro que las sombras que se arremolinaban bebieron con avidez, lamiendo el aire con lenguas de hielo. Se cebaron en su carne y sus vísceras desgarradas, devorándolas con un chasquido húmedo que resonaba en las paredes rocosas. Sus huesos, aún tibios, fueron roídos por dentaduras invisibles, triturados en un festín enloquecido que dejaba tras de sí un eco de fracturas y un polvo gris que se alzaba como humo maldito.


La figura sin rostro se inclinó sobre él, y en sus cuencas vacías, Tenzin vio el abismo infinito, el lugar donde el tiempo se retorcía, donde las almas eran cruelmente reducidas a la nada por millones de dioses sin nombre, dioses que no amaban ni odiaban, sino que simplemente consumían.

.


El suelo tembló, y las piedras negras emitieron un fulgor rojizo, como si la montaña misma se alimentara de su sacrificio.


Tenzin, o lo que quedaba de él, sintió que su conciencia se fragmentaba, disuelta en el círculo, absorbida por los dientes negros que ahora cantaban, un coro de voces no humanas, voces de eras mil veces negadas, de mundos que no debían ser recordados. Su último pensamiento, antes de desvanecerse, fue un nombre, no el suyo, sino el que las sombras le habían dado, un nombre que resonaba en el abismo como un juramento roto.





Cuando el alba estaba por teñir de oro las altas cumbres, el Paso de Khar estaba en silencio, pero no era el silencio de la paz, sino el de un depredador que ha saciado su hambre y duerme. La mantequilla de la lámpara se había consumido hacía ya horas. Del damaru solo quedaban astillas, esparcidas como los restos de un sacrificio profanado. Las piedras oscuras, intactas, brillaban aún con un cierto fulgor rojizo. Tal vez era la luz del amanecer, tal vez la sangre de Tenzin que las había despertado. En el centro del círculo, una mancha negruzca, como un charco de sangre seca, marcaba el lugar donde Tenzin había estado, pero no había cuerpo, ni huellas, ni rastro de su paso. Solo el eco de un tambor, apenas perceptible, que el viento ululante llevaba a las aldeas, donde los pastores lo escuchaban y unían las manos a la altura del pecho apenas disimulando el pavor.


Los ancianos, al encontrarse en la plaza, murmuraban que el Bön oscuro había reclamado otra ofrenda, que el círculo del Paso de Khar era una boca que nunca se cerraba, una garganta que devoraba a quienes osaban perturbarla. Las piedras, decían, no eran piedras, sino dientes de una bestia que dormía bajo la montaña, una bestia que no era dios ni demonio, sino algo más antiguo, algo que no tenía nombre, pero que siempre estaba hambriento.


Y en las noches sin luna, cuando el viento aúlla en el Paso, los que se aventuran cerca juran escuchar un lamento, no de Tenzin, sino de todos los que ofrecieron su carne al círculo, un lamento que asegura que el tchöd no ha terminado, que la puerta sigue abierta, que los dientes negros aún esperan su alimento.



Comentarios

Entradas populares de este blog

SACRA CERERIS