SACRA CERERIS

 

SACRA CERERIS

Una de las bocas del infierno, cierto es, se halla en La Sagra, en un lugar cuyo nombre guardaré en secreto.
Solo diré a quien tenga entendimiento, que ese abismo se encuentra no lejos del antiguo y olvidado emplazamiento de un pueblo mencionado en la entrada sobre Sacra Cereris del Madoz. Muchos, sin saberlo, han leído e incluso disertado sobre ese paraje, explayándose con erudición sobre sus casas, su producción o los municipios colindantes. Pero luego, hijo, todo es ir al sitio. Allí no hay nada. Nadie sabe de qué hablas. Y muchos datos —límites, ríos, elevaciones, campos fértiles de abundantes cosechas— están errados. Lo sabes a fuerza de andar, medir, comparar y seguir andando. Sobre la existencia de esa villa ignorada, nadie hablará. El calor agobia, y las menguantes fuerzas se preservan mejor en silencio, respondiendo, si acaso, con un leve gesto de la barbilla, que significa lo que quieras que signifique. Quien tenga valor y resuello para recorrer los poblados y descubrir cuál de ellos falta, estará más cerca de hallar una de las terribles escaleras que descienden al Averno desde la corteza abrasada de esas tierras de la Iberia.


Me atrevería a jurar que, hasta hace poco, solo una persona conocía el lugar: un amigo mío, de espíritu inquieto, incapaz de permanecer mucho tiempo entre cuatro paredes. En eso, es opuesto a su padre, el Doctor Muñoz, fallecido en Nueva York hace muchos años, aunque heredó su metódica perseverancia. Ahora, yo también lo sé.


Nunca supe cómo descubrió la ubicación exacta de aquel funesto caserío. Solo sé que tuvo mucho que ver la compra, por unas pocas pesetas, de un libro encuadernado en una piel extraña a los semisalvajes habitantes de una alquería en ruinas del Maestrazgo. Seguramente, aquel volumen provenía del expolio de algún palacete abandonado, cuyos despojos esas gentes, aquejadas de alguna idiocia hereditaria, mercaban para sobrevivir.


Por mi carácter reflexivo y melancólico, busco la compañía de personas enérgicas, especialmente en los días de otoño, cuando el verano agoniza y el sol sucumbe ante el frío, el viento y la pesadumbre. En mi amplio salón, junto al hogar, los relatos, animados por el brandy y el fuego, fluyen. Allí, en el invierno de 1962, conocimos los esfuerzos de nuestro amigo por traducir y transcribir aquel antiguo volumen, escrito en un castellano del siglo XVI, sin cuidado caligráfico. Era el registro, redactado con la urgencia de la proximidad temporal, de ciertos infaustos hechos acaecidos en un recóndito poblado de La Sagra toledana:


«El marqués don Arnaldo, pilar de la fe cristiana en la fértil comarca entre los antiguos Wādī-r-Raml y Tagus, era conocido por su aborrecimiento del culto arcaico a la diosa de la fertilidad. Mandaba arrasar los bosques donde los infieles procuraban su espina alba y vigilaba con celo los deberes cristianos, especialmente en mayo. Su esposa, hermosa y devota, murió de parto, pero, por intercesión divina, su hijo varón sobrevivió, alimentado por un ama de leche, hasta convertirse en un mocetón de angelical aspecto.»


Según el escrito, Alonso, que así se llamaba el infante, comenzó a sufrir, a los diecisiete años, «modorras, temores, congojas y frío en los extremos». Pronto, su estado derivó en «calenturas malignas, signo de la malicia y traición de la peste», según el pesimista diagnóstico del médico judío S. Ben-A. Ni oraciones ni ruegos surtieron efecto.


Desesperado, don Arnaldo fue arrastrado por sus consejeros a lomos de caballo hasta un lugar que jamás hubiera querido visitar: la casa-cueva de una viuda llegada de las tierras de Valencia, reputada como fetillera y líder de los campesinos que, pese a las admoniciones, persistían en cultos paganos. El lugar, conocido como «del Ahorcado», se alzaba bajo un enorme rebollo, cuya gruesa rama, casi horizontal y desnuda, se recortaba contra las nubes a cada relámpago.

Llegaron empapados, guiados por los destellos azulados del cielo tormentoso. Ataron los caballos a las ramas bajas del árbol y encontraron la puerta abierta. Un candelero iluminaba tenuemente la oscura estancia, como si los esperaran. Don Arnaldo se halló solo en una habitación que servía de cocina, alcoba y biblioteca. No se atrevió a alzar la voz, pues sentía que su presencia había sido advertida. Al fondo, bajo un arco de piedra del que colgaban extraños instrumentos, un resplandor mortecino palpitaba al compás de un borboteo acuoso. Aguzando el oído, percibió una voz grave, pausada, que articulaba monosílabos ininteligibles.


En las paredes, huecos a modo de estanterías albergaban manuscritos y volúmenes encuadernados en vitela. Sin saber por qué, don Arnaldo comenzó a rebuscar entre ellos, como si buscara una respuesta a su dolor. Pasaron por sus manos tratados espantosos: el horrendo De masticatione caro mortuorum de Sarchus, el blasfemo Stratagematum Satanae Partorum de Contius, el herético De Erynium religione cultu de Rosenkrantz y el infame Die Anrufung des Antichristen de Krummen. Mientras contemplaba unas láminas que parecían ilustrar un ritual para conservar con vida a una mujer fallecida antes del parto, un cambio en la luz y el sonido lo sacó de su ensimismamiento. El silencio fue roto por un redoblar lejano, seguido de vaharadas que mezclaban incienso con un olor acre y repugnante.


De pronto, apareció la viuda. Contra lo que esperaba, era joven, de extraña belleza, y no parecía inculta, pues debía entender los libros que poseía. Antes de que don Arnaldo pudiera hablar, ella dijo:


Hecho está. Al regresar, lo verás.

¿Hablas de la curación de mi hijo Alonso? —preguntó, confuso.

No diré más. Eres cristiano y te descargo, pero presto acudes a los poderes que invoco cuando tus dioses callan. Dichos poderes te han oído y han concedido. Ponte en camino.

He de pagarte —dijo don Arnaldo, haciendo ademán de llamar a sus consejeros, que llevaban un baúl con ducados de oro.

La viuda le tendió un saquito con un polvo grisáceo y respondió:

Deja unos ardites en ese plato consagrado para compensar las medicinas que administrarás al joven. Pero no es con dinero como pagarás a quien te concede.

¿Y con qué he de pagar? —interrogó, atribulado.


Con voz fría, la viuda pronunció:

Con tu hijo. En el término de siete días y otros siete, a la hora del Ángelus, deberá ser mío.


Don Arnaldo, demudado, salió de la cueva y, ayudado por sus hombres montó a caballo, pues las palabras de la viuda resonaban en su mente. No habló durante el largo viaje. Al llegar, halló agitación en la villa: ¡Alonso había mejorado milagrosamente! La alegría le hizo olvidar las fatigas. Rápidamente inquirió qué preces, ayunos o conjuros se habían realizado, determinado a atribuir la mejoría a los poderes celestiales.


Pero al día siguiente, Alonso sufrió una recaída. Don Arnaldo ordenó administrar el preparado de la viuda, prohibiendo que médicos o sacerdotes supieran de ello. La recuperación fue rápida y consistente. Sin embargo, el plazo del trato obsesionaba al padre, que decidió no cumplirlo, convencido de que había pactado con el Maligno. Sufragó misas, redobló dádivas y alzó altares, mientras advertía contra la «herética pravedad» de quienes mezclaban cultos paganos con los cristianos.


El día señalado, al Ángelus, una mujer joven, pobremente vestida pero de bello porte, apareció ante Alonso y sus compañeros. Mirándolo fijamente, dijo:

Hoy se cumple lo pactado. Has de venir conmigo, pues mío eres.

Alonso, riendo nervioso, lanzó su caballo contra ella, gritando: «¡Andat, en hora mala para perras jodías!». La viuda esquivó el embate, murmurando palabras extrañas mientras los mozos huían entre risas y mofas.


La noticia del incidente no hizo más que agravar el desasosiego de Don Arnaldo, que a fe suya, entendía que el desenlace, fuese uno u otro, se hallaba próximo, y pronto pudo comprobarlo.

A eso de las tercias del día siguiente, se notificó que varias mujeres jóvenes y solteras del poblado andaban desorientadas y nerviosas, gritando como si se ahogaran; llevadas a la iglesia, eran incapaces de rezar y no podían mirar fijamente a la hostia consagrada, a la que veían “de color negro”. Una mujer que estaba cosiendo, vio entrar por la ventana, flotando en el aire, la figura de un sacerdote, hinchada, con la cara completamente quemada y los ojos en llamas, a la que ahuyentó, según dijo, arrojándole un rosario. A la misma hora, el herrero de la localidad, presa de un furor sobrenatural, se atravesaba la carne con objetos puntiagudos, que sacaba por el otro lado sin dejar herida. Al intentar apresarlo un grupo de varones para llevarlo a la iglesia, que a esas horas estaba abarrotada de fieles aterrorizados, se los quitó de encima sin esfuerzo alguno, haciéndolos correr, y estuvo cerca de matarlos al lanzarles el yunque que había levantado con una mano, como si fuese un guijarro.

Al volver a su casa, tras todo un día de recorrer todos los barrios del poblado, prestando oído a las tribulaciones de los vecinos y procurando tranquilizar y confortar a todos, las novedades tampoco fueron halagüeñas: Don Alonso se quejaba de fuertes dolores en las extremidades, y mandado llamar el médico, dictaminó éste que podría tratarse de una extraña especie de hidropesía que cursaba con hinchazón violácea de brazos y piernas, en las que destacaban unas venas oscuras muy visibles, para lo que recetó emplastos de majuela de espino blanco e invocaciones a San Eutropio.

La noche no sería mejor, sino todo lo contrario. Los hombres respetables de la villa que fueron asignados a las rondas nocturnas después del toque de queda, reportaron movimientos furtivos de personas o cosas, entre las que afirmaban haber visto piaras de enormes jabalíes que los miraban con ojos fulgurantes; sorprendieron a varios vecinos cavando pozos en los que introducían una tierra arenosa y llena de huesos menudos, que podían ser de animales o niños, así como dientes humanos. Se oyó, poco antes de la hora de laudes, gran algarabía en el cementerio, y algunos que acudieron juraron haber sido testigos del obrar de hordas de seres de aspecto repugnante, blanquecino y corrompido que saltaban de tumba en tumba y que huían de la luz de los hachones elevándose, con un solo impulso, sobre la tapia trasera. Al amanecer, se prendió a un grupo mientras se encontraba ofrendando libaciones con sangre de cerdo en un cruce de caminos, llevando cada uno su antorcha, junto con guirnaldas y espigas de trigo. Al ser apresados, proclamaron que se hallaban “bajo la protección de Ceres”. La oficiante del ritual, en cambio, gritaba fuera de sí que ejércitos de hombres sin honor muertos en la comarca en todos los tiempos estaban viniendo en forma de lemurae y larvae a cobrarse venganza, porque ésto les había sido requerido. Poco después de la interrupción de la libación, se oyeron en toda la comarca explosiones sordas, seguidas de un olor espantoso que inundó la villa; la explosión más fuerte se oyó, no obstante, como proveniente del paraje del ahorcado, donde la bruja. El sacerdote manifestó por escrito que la sacerdotisa del culto de los cruces de caminos, al ser transportada ante su presencia y tras recibir el agua bendita sobre su cara, pronunciaba sin cesar las palabras lapis manalis, mundus patet” y siguió haciéndolo en su celda hasta desfallecer.


Entre tanto, el estado de Don Alonso había empeorado muchísimo. El médico certificaba que el estado del corazón, la sangre y los humores en general era el que correspondía a una persona sana, pero lo cierto es que el aspecto del joven era espeluznante: abotargado, con el cuerpo congestionado surcado de venas oscuras, en algunas partes amoratado, en otras lívido y sumido en un sopor del que ninguno de los pases del anciano médico podía sacarlo, cualquier persona podía creer que estaba contemplando el cadáver de un ajusticiado por horca, si no hubiese sido porque aquello, que parecía difunto, ESTABA VIVO.

Toda la casa creyó que cuando Don Arnaldo viese a su hijo, enloquecería. Sin embargo, lo contempló unos instantes en silencio, y con todo control de sí mismo, se persignó, dio ordenes para que se administrara la extremaunción al enfermo, pidió un confesor para sí, y completado el Sacramento de la Reconciliación, llamó a reunirse en la iglesia a todo varón con sus armas y útiles de labrar, sus caballerías, así como antorchas y toda la pez que hubiese, o aceite, y sal. Por otra parte, requirió al joven párroco que dispusiera de sacramentos, reliquias y todo objeto sagrado. Se organizó rápidamente una partida de vecinos, que barrería todas las calles, desde la puerta de S. hasta la de V., pasando por el cementerio, con instrucciones precisas de no tener ningún tipo de miramiento al descubrir cualquier acto o seña impíos, en el nombre de Dios, juramentándose a que nada de lo que ocurriese esa noche sería revelado a nadie, jamás.

Otra partida se dirigió al paraje llamado Del Ahorcado, mientras incendiaba a su paso los campos de los apóstatas y salaba los pozos de agua sacrílegos.

Al llegar, desde la gruesa rama del rebollo, alzó grotesco vuelo un ser alado, negro, pesado, medio ave y medio humano, encogido y contrahecho. La casa ya no existía, ni biblioteca ni nada. No pasaba aquello de ser una simple cueva, pero el borboteo y el resplandor existían aún. El sacerdote señaló al fondo mientras murmuraba: “Mundus cum patet, deorum atque inferum quasi ianua patet.” ("Cuando el Mundus está abierto, es como si una puerta estuviera abierta para los dioses del inframundo)

Avivados por una última invocación al Arcángel Gabriel, los campesinos, liderados por Arnaldo y el cura, arremetieron contra la puerta a los infiernos, con todos los elementos de que disponían, sagrados y profanos. Una explosión horrísona, que hizo volar por los aires la pesada tapa de una fosa casi detuvo a los atacantes, mientras un viento fortísimo y recio atraía hacia las profundidades, al son de demoníacas músicas, nombres indecentes y gritos, toda clase de objetos blasfemos y seres pavorosos, en formas semihumanas, animales y espectrales, provenientes de lugares y tiempos remotísimos. Cuando la tormenta acabó, el techo de la cueva se hundió, sellando la diabólica puerta.

Al alba, las partidas se reunieron en la plaza del pueblo, renovando el juramento de llevarse a la tumba lo que hubiese ocurrido. Adolfos, Munnia, Joseph, Fadrique, los dos Biatos, el joven Sancho, Antonio hijo de Vellido, Placencio y la Velasquita, habían caído en las refriegas, pero nunca se supo por cuál de los bandos; a todos se dio cristiana sepultura, negándose el médico a divulgar el motivo de la muerte.

Sin embargo, la zona estaba ya maldita sin remisión. La nigromanta y ponzonyera había, literalmente, volado a otro sitio en el que ejercer su maldito oficio, llevándose el secreto del mal que tenía al Infante Alonso muerto en vida. Al regresar al pueblo, Don Arnaldo conservó presencia de espíritu para dejar endrezado todo lo posible para que la vida local continuase, pero sabiendo que todo los males de la villa no podían haber sobrevenido más que por su irresponsabilidad y egoísmo, seguramente justificados por sus sentimientos paternos, pero que según temía, no serían suficiente excusa ante el Inquisidor, cuya presencia se esperaba de un momento a otro. .

Finalmente, el día de San Vicente del séptimo año del reinado de Carlos I, Don Arnaldo, tras dar descanso a toda su servidumbre, dio muerte a su hijo Alonso, tras lo que abandonó la casa y el poblado. Se enviaron hombres a caballo en su búsqueda, que resultó infructuosa, hasta que al cabo de varios días, se halló su cuerpo colgando de la gruesa rama del rebollo del paraje dicho Del Ahorcado.

A pesar de los oficios inquisitoriales y el denuedo con el que las autoridades eclesiásticas intentaron restablecer el orden, exhortando al uso correcto de la invocación de los santos, honor de las reliquias, y uso correcto de las imágenes, no abusando de las fiestas para convitonas, lascivias y adoración en fuentes, cruces de caminos, campos, piedras o árboles, ya era tarde; la comarca estaba dejada de la mano de Dios y los habitantes comenzaron a abandonar los burgos de la zona, debido a la pestilencia del agua y el aire que se había enseñoreado de la comarca, que enfermaba a las bestias, arruinaba los dientes y encías, agostaba las mieses y provocaba abortos o hijos con idiocia. Los exiliados fueron estigmatizados en las aldeas de mudanza, y en la mayoría de casos, expulsados de las mismas por ser portadores de maleficios y desgracias."




Linajes malditos, de una tierra maldita.

Sólo queda hoy, de lo que fue el granero de la meseta toledana, una enorme extensión de secarrales polvorientos, yermos, abrasados, salpicados aquí y allá por urbanizaciones mustias y de color marrón, a tono con el apergaminamiento de piel, espíritu y carácter propio de la antiquísima progenie de los homúnculos que las habitan, gentes de bofe reseco, diente podrido y ojo idiota.

Y en el centro del secarral, un enorme y antiquísimo rebollo, en el que destaca una gruesa, horizontal y calva rama, buena para ahorcar.

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